Suplemento SAN JOSE Agosto 2005 / Año 4 / Nº5 Vidas de hermanos (I) ----------------------- Hno. Venceslao Verjeiro Primer Hermano Uruguayo (1881-1905) ----------------------- Al conmemorarse los 100 años de la muerte del primer Hermano uruguayo, te presentamos la vida del Hno. Venceslao, nacido en San José, y que fue atraído por el Señor a entregar su vida como Hermano de la Sagrada Familia, por el bien de los niños y jóvenes de nuestro país. Su corta vida no impidió que viviera a pleno su misión, cuando recién se iniciaba la obra de los Hermanos en Uruguay. La vida del Hermano Venceslao se extinguió rápidamente, en plena juventud. No obstante, la consideración de esta adolescencia bendita, coronada con una santa muerte, no dejará de edificarnos. Este joven Hermano, nació en las cercanías de la ciudad de San José (Uruguay) el día 29 de noviembre de 1881. En el santo bautismo recibió el nombre de José. Sus padres, Antonio Verjeiro (italiano) y su madre Dolores Viñale, (oriental) eran honrados labradores y de vivencia cristiana, vida que se esforzaron en inspirar a su hijo, que de por sí imitaba sus sentimientos cristianos. Vivían a 30 kilómetros de la iglesia y, por lo mismo, no podían asistir a misa los domingos, supliendo a su manera, el culto al Señor y la santificación de su día. La paz de esa vida retirada en medio de la campaña; la soledad bajo un cielo siempre límpido, desarrollaron en José el gusto por la vida recogida y el amor a las bellezas naturales. No es de extrañar que más tarde, joven Hermano, se entregara con una especie de pasión al estudio de una de las ramas de las Ciencias Naturales. En 1893, sus padres decidieron ir a vivir a San José e inscribieron a su hijo en el Colegio que allí dirigían los Hermanos desde hacía dos años. Sus padres ponían en manos de los Hermanos el encanto de la inocencia y el candor de la niñez de José, que aún ignoraba el mal. Por más que tomaba poca parte en las diversiones de sus compañeros, no se manifestaba retraído, por el contrario conversaba alegremente sin inclinarse a la ligereza habitual propia de los niños de su edad. Si algo había en él que llamara la atención, era su respetuosa postura en la iglesia; más aún cuando alguno de sus compañeros de banco, reía, hablaba y disipaba a los otros, él caritativamente le llamaba la atención. El Hno. Dionisio, Director y fundador del Colegio, en el correr de los años fue considerando y viendo en este niño tan felices disposiciones, que le propuso entrar en la Congregación cuando terminara los estudios del colegio. Las condiciones estaban dadas: familia cristiana, joven piadoso... el llamado de Dios se manifestó gracias a la atinada palabra del religioso, atento a los signos exteriores de un posible llamado...y ese llamado fue escuchado con alegría... Desde el día en que José consideró en su conciencia la invitación hecha por el Hermano, como llamada de Dios, desde ese día redobló el ardor en sus estudios, como también su delicadeza y piedad. Veía llegar con alegría la época fijada para su alejamiento del mundo. Decía a menudo: ¡Cuándo veré llegar tan hermoso día! Con tales disposiciones es fácil figurarse con qué gozoso ardor emprendió su formación religiosa desde su ingreso como postulante el 1 de febrero de 1896. Por esa fecha no teníamos todavía regularmente organizado el noviciado en América. Fue, pues, en medio de maestros y alumnos del Colegio Sagrada Familia de Montevideo que José realizó el noviciado, comenzándolo el 10 de diciembre de 1896. A pesar de las condiciones tan poco favorables que lo rodeaban, supo conservarse recogido y piadoso y aprovechar de los cuidados inteligentes como abnegados de su Director, el Hno. José Sylvin. Transcurrido el tiempo de probación, José fue admitido a pronunciar los votos religiosos el 24 de enero de 1899, acto que colmó hasta los más íntimos de sus deseos. Es que para un joven lleno de amor a Jesucristo es en sumo grado loable desprenderse del mundo y sus vanidades para darse enteramente a nuestro Divino Salvador. Todas las alegrías, todos los detalles de esta jornada, dejaron un recuerdo imborrable en el alma del joven profeso. Hay que experimentarlo para comprender qué emoción delicada, qué impresión inigualable deja en el alma en ese día único este compromiso de la profesión religiosa. A partir de ese día, el Hno. Venceslao comenzó a ser el hombre más feliz del mundo. Vivía en la más completa paz con Dios y su alma estaba inundada de radiante alegría y toda las delicias de su corazón eran los estudios y las prácticas religiosas. Ese mismo año 1899, fue enviado al Colegio “San Francisco” de Salto Oriental. Sus primeros ensayos como docente hicieron ver al Director, que el Hno. Venceslao, podría resultar un excelente profesor, ya que a la vez se hacía respetar y amar por sus alumnos. “No habría palabras suficientes para ponderar el celo con que el joven Hermano formaba a sus alumnos a la piedad, haciéndoles rezar las oraciones con sumo respeto y enseñándoles a participar en la misa con inteligencia y devoción”. “No podía ver sin pena, que un niño no rezara en la iglesia. Exigía que cada uno tuviera su libro en la mano y deseaba que todos siguieran la Misa y comprendieran la significación y la importancia de las ceremonias religiosas”. “Nada le costaba cuando se trataba de sembrar y hacer que prendiera en el alma de sus alumnos el amor a N.S.J.C.”. (Palabras de su Director de Salto, H. Luis Regotaz) A su función de profesor, el Hno. Venceslao agregaba la de sacristán de la pequeña capilla del colegio. Su fe le hacía apreciar este empleo en el que se desempeñaba con tanto gusto como abnegación. La parte decorativa en las fiestas religiosas se destacaba siempre por la preparación. Se ingeniaba para variar la ornamentación según el grado de la solemnidad. Pero era sobre todo con motivo de la Primera Comunión que volcaba en la pequeña capilla, el máximo esplendor. Decía: “Hay que demostrar que es fiesta en el cielo y en la tierra. Los meses de la Virgen, San José y del Sagrado Corazón, tenían su ornamentación especial, tanto más que juntaba al ingenio, la expresión de algo alegre y de buen gusto. No se puede dudar que estos cuidados para la casa de Dios, inspirados en la fe y fruto del carisma congregacional, no hayan recibido ya una hermosa recompensa...” Buen sacristán y excelente educador, el Hno. Venceslao fue además un Hermano de amable y agradable trato social, por eso todos buscaban su compañía... Los conocimientos especiales que poseía en Historia Natural, le permitían hacer de los paseos, entretenidos e instructivos momentos de expansión. Todos sus momentos libres los empleaba en coleccionar plantas, aves, insectos... De ese modo agregó al museo comenzado por sus Hermanos, una parte notable; es de justicia decirlo. “Cuando se supo en Salto el fallecimiento del Hno. Venceslao - escribe el Hno. Luis, Director- muchos de sus exalumnos se apresuraron a venir al colegio a presentarnos sus condolencias. Era el supremo homenaje de agradecimiento para con el que tanto se había esforzado para formarlos. Comprendí más que nunca, cómo en ese ser, recordado con cariño por todos los que lo habían conocido, todo hablaba en favor de lo sembrado en ellos por el Hermano; y si bien se está propenso a creer que la semilla depositada en las inteligencias juveniles está forzosamente condenada a no producir fruto...no siempre es así”. Cuando en 1902 el Hno. Venceslao fue trasladado a Montevideo, continuó por un tiempo todavía consagrándose a la enseñanza. Al igual que en Salto, el Hno. Venceslao siguió sobresaliendo por el gusto en dar esplendor al culto y por su filial devoción a la Virgen. Durante el mes de María adornaba con exquisito gusto el altarcito que en ese mes se hacía en las clases, rivalizando con sus Hermanos en honrar a la Reina del cielo. Desgraciadamente, algunas imprudencias cometidas en sus excursiones de naturalista, le ocasionaron una enfermedad que le obligó al reposo. “Esperaba, decía él, reponerse pronto para retomar el trabajo con los alumnos...Pero el mal era más grave de lo que se esperaba y lo llevaría a la tumba, después de una larga enfermedad, durante la cual no dejó de edificar a todos los que lo visitaban...” Incluimos algunas citas del Padre Loyódice, redentorista, que quiso dejarlas como testimonio de nuestro querido Hermano. “La primera vez que vi a este buen Hermano, fui bien impresionado por su exterior humilde y modesto, como también por su conversación amable y espiritual. Conocía muy bien la gravedad de su mal y no se hacía ninguna ilusión sobre las consecuencias que del mismo debía esperar. Pero no se asustaba por ello, estaba dispuesto a comparecer ante Dios y se abandonaba filialmente a los cuidados de la Providencia”. “Enemigo de la ociosidad, trataba de hacerse útil en la medida de sus fuerzas. Su tiempo era compartido entre la oración y la preparación de un museo de ornitología y de entomología, trabajo para el cual poseía aptitudes y cualidades en verdad superiores. A pesar de sus sufrimientos, siempre estaba contento; de lo único que se quejaba era el no poder asistir a misa todos los días y de verse privado del beneficio de la comunión frecuente. La casa de campaña de los Hermanos (Reducto) en la que estaba retirado, estaba bastante lejos de la iglesia”. “A menudo, quedaba edificado por la fe con que rezaba las oraciones, como también por su amorosa confianza en la Providencia. Mis sufrimientos serán pasajeros, decía, y después de ellos gozaré del Señor eternamente, sin temor de perderlo...” “Nunca lo oí quejarse, ni aún disimuladas quejas salían de su boca; estaba admirado del buen trato que le prodigaban sus Hermanos y siempre se mostraba agradecido”. “La última vez que lo vi lo encontré resignado, casi con gozo; comprendía que su último día no estaba lejos. Hablaba de la muerte próxima con gran tranquilidad, como si se tratara de un asunto ordinario. Multiplicaba sus oraciones, haciendo que su rosario fuera la continuación de los anteriores, apoyando particularmente la voz en estas palabras: “Ruega por nosotros...ahora y en la hora de nuestra muerte”. En esta oportunidad su padre estaba presente; era la última vez que lo vería aquí abajo y lo invitaba a volverse a ver en el Cielo. El moribundo estaba muy alegre pero grande era la tristeza de su padre... “Puedo decir con gozo que este buen Hermano, tuvo la muerte de un predestinado”. Tanta era la tranquilidad que manifestaba cuando los Hermanos lo visitaban que a ninguno se le ocurría hacerle traer el Viático. Él no se engañaba y, dándose cuenta de su estado, lo reclamó. El Padre Delía, párroco del Reducto le trajo la santa comunión y mientras se disponía a administrársela, el Hno. Venceslao se incorporó en su lecho, juntó las manos y con voz inteligible renovó sus votos, pidió perdón a sus Hermanos en lo que hubiera podido ofenderlos, luego recibió el santo Viático y se acomodó en el lecho para la acción de gracias al Señor. Luego rogó a uno de los Hermanos le hiciera la recomendación del alma a la que se unió con todo fervor. Cuando respondió el último amén, fijó la vista en un cuadro de la Virgen, colgado en la pared derecha de su lecho y así, con los ojos fijos en la imagen de nuestra Señora, sin agonía, se fue a terminar en el cielo su acción de gracias, entregando su alma en manos de su Creador. Era el 20 de julio de 1905. Dios había querido recoger esta flor antes de que fuera marchitada por los vientos del mundo... “Que hermosa es la muerte del justo”. Así acabó su vida mortal el primer Hermano americano (uruguayo) de la Sagrada Familia. “Si el grano no muere...” La ceremonia de sepultura fue presidida por Monseñor Luquese. Asistieron representantes de todas las comunidades religiosas de Montevideo y fueron depositados sus despojos en el panteón reservado al clero en el cementerio Central, gesto con el que quiso Monseñor testimoniar la simpatía que tenía a los Hermanos. ------------------------------------