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¿Sigue siendo de actualidad el perdón en nuestras vidas?

Para descubrir la plena importancia del perdón en las relaciones humanas intentemos imaginar cómo sería un mundo sin él. ¿Cuáles serían las graves consecuencias?.

1-. Perpetuar en sí y en los demás el daño sufrido.

Cuando lesionan1 nuestra integridad física, moral o espiritual, algo sustancial ocurre en nosotros. Nos sentimos inclinados a imitar a nuestro ofensor, como si un virus contagioso nos hubiese contaminado.
La imitación del agresor es un mecanismo de defensa bien conocido en sicología.
Tales predisposiciones a la hostilidad y al dominio de los demás corren el riesgo de ser transmitidas de generación en generación, en las familias y las culturas. Solo el perdón puede romper estas reacciones en cadena y detener los gestos repetitivos de venganza para transformarlos en gestos creadores de vida.

2-. Vivir con un resentimiento constante.

Muchas personas sufren por vivir con un perpetuo resentimiento. Vivir irritado exige mucha energía y mantiene en un estrés constante. Mientras que la cólera es una emoción sana en sí misma que desaparece una vez expresada, el resentimiento y la hostilidad se instalan de manera estable como actitud defensiva siempre alerta contra cualquier ataque real o imaginario.
Además tendrá propensión a inventar historias de complots o posibles ataques contra él. Esta situación interior de tensión solo podrá solucionarla la curación en profundidad que opera el perdón.
El resentimiento, además, está en el origen de varias enfermedades sicosomáticas.

3-. Permanecer aferrado al pasado.

La persona que no quiere o no puede perdonar difícilmente logra vivir el momento presente. Se aferra con obstinación al pasado y por eso mismo se condena a malograr su presente, además de bloquear su futuro.
En la dinámica de duelo, el perdón representa una etapa fundamental y decisiva pues prepara el espíritu para la siguiente fase, la de la herencia, momento en que la persona en duelo recupera todo lo que había amado en el otro.

4-. Vengarse.

Es la respuesta a la afrenta, más instintiva y espontánea. Intenta compensar el propio sufrimiento infligiéndoselo al ofensor. Supone reconocer que el sufrimiento posee un alcance mágico que dista mucho de tener.
La imagen del ofensor humillado y sufriendo proporciona al vengador un gozo narcisito: extiende el bálsamo temporal sobre su sufrimiento personal y su humillación; da al ofendido la sensación de no estar solo en la desgracia. Pero a qué precio. Es una mínima satisfacción y carece de creatividad relacional.
Intentar pagar al ofensor con la misma moneda hace entrar a la víctima y al verdugo en una dialéctica repetitiva. En la danza de las venganzas más que llevar se es llevado. Se es arrastrado a replicar con acciones cada vez más envilecedoras. La obsesión de revancha encierra en la espiral de la violencia. Solo el perdón puede romper el ciclo infernal de la venganza y crear nuevas formas de relaciones humanas.
Por otra parte no hay que pensar que la mera decisión de no vengarse es, de por sí, equivalente al perdón. No obstante es el primer paso importante y decisivo para emprender el camino del mismo.

Reconciliarnos con nuestras vivencias y sufrimientos.

Tomado de “Si aceptas perdonarte, perdonarás” A. Grün. Narcea. Madrid.2001

“La reconciliación con uno mismo empieza por reconciliarse con el pasado. Sea cual sea, la época en que a uno le tocó nacer, hay siempre situaciones en las que nos hubiera gustado no estar implicados. Las generaciones de la guerra europea lo pasaron mal. Pero sus hijos protestan contra sus padres por no haberles prestado suficiente atención absorbidos por ganar mucho y situarse bien....”
“Jamás han existido los padres ideales que a los hijos les hubiera gustado tener, aún en el caso en que se desvivan por sus hijos. Nunca quedan estos satisfechos. Pueden ser ellos rigurosamente imparciales y tratar a todos por igual: igual nos quedará la impresión de ser nosotros los que llevamos en su estima la peor parte”.
“Es verdad que muchos tienen que arrastrar una pesada carga por la vida. Tuvieron la desgracia de perder al padre o a la madre. O aunque lo tuvieran, el padre no ofrecía apoyo ni confianza. Bebía. El exceso de alcohol provocaba imprevisibles reacciones y toda la familia temblaba. La madre sufría depresiones y en este estado, mal podría ofrecer seguridad o infundir ánimo en los hijos. Las hijas fueron objeto de abusos sexuales por parte de parientes próximos e incluso de su mismo padres. Este conjunto de anomalías forman hipotecas muy difíciles de saldar. Frecuentemente se hace del todo necesaria una terapia para curar esas lesiones. Pero, toda herida es curable”.
“Nadie es libre para elegir su infancia o adolescencia, pero todos tenemos que ser capaces alguna vez de reconciliarnos con nuestras vivencias y sufrimientos. Solo cuando estemos dispuestos a aceptar nuestras heridas es cuando estas pueden cicatrizar y quedar transformadas”.
“La tarea más propia de un ser humano consiste en “transformar sus heridas en perlas”. Pero esto sólo se logra cuando se da un sí de aceptación a las heridas y se deja de cargar toda la responsabilidad sobre otros. Por supuesto, la cicatrización de las heridas supone la tolerancia de su dolor y la indignación contra los que las han abierto. Entonces la reconciliación con mis heridas supondrá el perdón de los que las han causado”.
“El proceso del perdón es frecuentemente cosa de largo tiempo. No basta un simple acto de la voluntad en un momento dado. Es necesario cruzar un valle de lágrimas para arribar a la orilla del perdón. Desde allí se puede volver la vista atrás y comprender que las personas que los han herido no caían plenamente en la cuenta del mal que estaban haciendo sino que procedían así repitiendo los esquemas de sus propias experiencias infantiles o adolescenciales”.
“Ahora bien sin perdón no hay reconciliación con el pasado. Yo necesito perdonar a los que me han hecho mal. Es ésta la única manera de verme libre del peso de mi pasado, del hábito de hurgar en mis heridas y del influjo destructor de los que me han herido y humillado”.

Para la reflexión personal:

A quienes debo dirigir mi perdón

Lee la Palabra en Mateo 18,21-35 y pídele al Padre que su infinito amor cure todas tus heridas y te haga sentir como el “Hijo amado del Padre”.

Colegio y Liceo Sagrada Familia - Viernes 18 de mayo de 2012
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