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Cuando lesionan1 nuestra integridad física, moral o espiritual,
algo sustancial ocurre en nosotros. Nos sentimos inclinados a imitar a nuestro
ofensor, como si un virus contagioso nos hubiese contaminado.
La imitación del agresor es un mecanismo de defensa bien conocido
en sicología.
Tales predisposiciones a la hostilidad y al dominio de los demás
corren el riesgo de ser transmitidas de generación en generación,
en las familias y las culturas. Solo el perdón puede romper estas
reacciones en cadena y detener los gestos repetitivos de venganza para
transformarlos en gestos creadores de vida.
“La reconciliación con uno mismo empieza por reconciliarse
con el pasado. Sea cual sea, la época en que a uno le tocó
nacer, hay siempre situaciones en las que nos hubiera gustado no estar implicados.
Las generaciones de la guerra europea lo pasaron mal. Pero sus hijos protestan
contra sus padres por no haberles prestado suficiente atención absorbidos
por ganar mucho y situarse bien....”
“Jamás han existido los padres ideales que a los hijos
les hubiera gustado tener, aún en el caso en que se desvivan por
sus hijos. Nunca quedan estos satisfechos. Pueden ser ellos rigurosamente
imparciales y tratar a todos por igual: igual nos quedará la impresión
de ser nosotros los que llevamos en su estima la peor parte”.
“Es verdad que muchos tienen que arrastrar una pesada carga por
la vida. Tuvieron la desgracia de perder al padre o a la madre. O aunque
lo tuvieran, el padre no ofrecía apoyo ni confianza. Bebía.
El exceso de alcohol provocaba imprevisibles reacciones y toda la familia
temblaba. La madre sufría depresiones y en este estado, mal podría
ofrecer seguridad o infundir ánimo en los hijos. Las hijas fueron
objeto de abusos sexuales por parte de parientes próximos e incluso
de su mismo padres. Este conjunto de anomalías forman hipotecas muy
difíciles de saldar. Frecuentemente se hace del todo necesaria una
terapia para curar esas lesiones. Pero, toda herida es curable”.
“Nadie es libre para elegir su infancia o adolescencia, pero
todos tenemos que ser capaces alguna vez de reconciliarnos con nuestras
vivencias y sufrimientos. Solo cuando estemos dispuestos a aceptar nuestras
heridas es cuando estas pueden cicatrizar y quedar transformadas”.
“La tarea más propia de un ser humano consiste en “transformar
sus heridas en perlas”. Pero esto sólo se logra cuando se da
un sí de aceptación a las heridas y se deja de cargar toda
la responsabilidad sobre otros. Por supuesto, la cicatrización de
las heridas supone la tolerancia de su dolor y la indignación contra
los que las han abierto. Entonces la reconciliación con mis heridas
supondrá el perdón de los que las han causado”.
“El proceso del perdón es frecuentemente cosa de largo
tiempo. No basta un simple acto de la voluntad en un momento dado. Es necesario
cruzar un valle de lágrimas para arribar a la orilla del perdón.
Desde allí se puede volver la vista atrás y comprender que
las personas que los han herido no caían plenamente en la cuenta
del mal que estaban haciendo sino que procedían así repitiendo
los esquemas de sus propias experiencias infantiles o adolescenciales”.
“Ahora bien sin perdón no hay reconciliación con
el pasado. Yo necesito perdonar a los que me han hecho mal. Es ésta
la única manera de verme libre del peso de mi pasado, del hábito
de hurgar en mis heridas y del influjo destructor de los que me han herido
y humillado”.
Lee la Palabra en Mateo 18,21-35 y pídele al Padre que su infinito amor cure todas tus heridas y te haga sentir como el “Hijo amado del Padre”.